Ejemplo de tolerancia en los tiempos que corren: En Ontinyent, todos moros y todos cristianos

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Publicado en Noticias de turismo Jueves, 10 Agosto 2017 21:45

La veterana fiesta quiere ser declarada de Interés Turístico Internacional

Enrique Sancho

En estos tiempos un tanto convulsos, la villa de Ontinyent en Valencia da ejemplo de tolerancia y buena convivencia. Aquí no hay distinciones, todos sus habitantes son a un tiempo moros y cristianos. Claro que se trata de una fiesta, una de las muchas que conmemoran el enfrentamiento en el siglo XIII entre los ejércitos de la media luna y el de la cruz. Una fiesta que aquí se celebra desde 1.860, siendo una de las más antiguas de España y en la que la única rivalidad entre ambos grupos, su única lucha, está en demostrar quién tiene los mejores trajes, comparsas y músicas. Tras los desbordantes desfiles todos –sarracenos y cristianos– se funden en la alegría, la música y la celebración.

Farsa, disfraz, belleza, luz, color, música, pólvora... Esos son los elementos esenciales de las fiestas de Moros y Cristianos que se celebran en distintos lugares de España –especialmente en Valencia y Alicante– y también en algunos de América Latina. Más de 300 localidades recrean los enfrentamientos que hubo en la Edad Media entre los seguidores de la cruz y los de la media luna. Por lo general, las actuales fiestas se hacen en honor del santo patrón de la ciudad que, además, tiene un papel fundamental en la batalla ya que, gracias a su intervención súbita, la victoria cae a favor del bando cristiano, a pesar de la superioridad numérica de las tropas árabes.

Estos enfrentamientos rituales son un fogoso y rejuvenecido rescoldo de una de las modalidades de diversión popular más profusamente implantadas en la Península y transportada por los españoles a todas las áreas por las que extendieron su cultura. Y este fenómeno abarca por lo menos ocho siglos. En esencia, la fiesta de Moros y Cristianos consiste en una representación de teatro popular, expresando el combate entre el bando de los héroes –los cristianos– y los enemigos –los moros–. Dentro de este esquema argumental mínimo tienen cabida variaciones sorprendentes, especialmente con los personajes.

Variantes imaginativas

Por ejemplo, en cierta localidad aragonesa la batalla final rememora el combate naval de Lepanto, con las galeras de cartón que simulan ser la flota cristiana capitaneadas nada menos que por Carlomagno; en tierras mexicanas lo mismo se representa un desembarco turco en Yucatán, el desafío entre el Cid y Pilatos, rey de Granada o la inclusión tanto de los moros como de los cristianos en las huestes que siguen al apóstol Santiago en su lucha contra los indios paganos. En los Andes peruanos el bando rival de Santiago y los cristianos está formado por demonios; en el occidente de Portugal es el jefe cristiano san Jorge quien necesita la ayuda de un ángel para liberar a la doncella cautivada por los turcos; y en Andalucía lo mismo son el obispo de la Sevilla visigoda, san Isidoro, que la abuela de Jesús, santa Ana, quienes proporcionan la victoria a las tropas de la cruz. 

Como se ve, existen muchas variantes de esta celebración, ya que cada localidad, en consonancia con su propia historia, añade elementos diferenciadores a la estructura común de las fiestas. Por su espectacularidad, destacan las fiestas de Alcoy y Villajoyosa, ambas declaradas de Interés Turístico Internacional. No menos importantes son las de Ontinyent, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional en 2010 y que aspira a ser de Interés Turístico Internacional.

Es una fiesta diferente, donde el rigor histórico no siempre es importante. Aunque la celebración comenzó a raíz de la toma de Tetuán por las tropas españolas en 1860, también se conmemora la liberación de la villa de Ontinyent por Jaime I en el siglo XIII. Tampoco en lo religioso, donde se unen la vieja celebración de la Mare de Déu Gità, titular de la parroquia más antigua y la gratitud mostrada a la imagen del Santíssim Crist de l’Agonia, decisiva en el triunfo cristiano. Y tampoco en el folclórico y musical. Disfraces de distintas épocas incluso con incorporaciones muy modernas conviven en los desfiles de cristianos y moros, y unos y otros se emocionan con el himno oficioso de fiestas y de la ciudad, la marcha mora “Chimo” del Maestro José María Ferrero, mientras se escuchan también populares pasodobles –con el histórico “Mahomet” de Juan Cantó a la cabeza– que se imponen sobre los truenos de trabucos, arcabuces y espingardas.

Un amplio programa

Las fiestas de Ontinyent suelen celebrarse seis días alrededor del último fin de semana de agosto, este año del 17 al 25 de agosto, y empiezan el domingo con el desayuno de la Lágrima y el Pregón de Fiestas-Presentación de Cargos. En los días que siguen, la Semana Grande, se organizan distintas actividades lúdicas. El jueves tiene lugar uno de los momentos más espectaculares, con la entrada de Bandas de Música, que concluye con la interpretación conjunta del himno oficioso de fiestas y de la ciudad. Por la noche tienen lugar los Alardos, un muy concurrido desfile de disfraces. El viernes por la mañana está la Entrada Infantil, y por la tarde la Entrada Cristiana y la Entrada Mora. Una manifestación fantástica de color y de música, donde destacan las comparsas capitanas, que se engalanan para presumir de eso, de capitanía, y se esfuerzan por sorprender a un público expectante que espera el momento culminante de ver aparecer a sendos capitanes que salen con su comparsa al final de la Entrada correspondiente. El sábado empieza con la primera diana y sigue con el acto del Contrabando y, desde hace pocos años, con la inauguración del Mercado Medieval instalado en el barrio de la Vila.

Por la tarde se hace la Bajada del Cristo, el acto más singular, junto al Contrabando, de las fiestas. Por la noche, y como un recuerdo de la antigua Nit del Riu se hace un “correfoc”, algunas comparsas desfilan en retreta, se dispara un castillo de fuegos artificiales y hay una actuación musical. El domingo se celebra la diana de gala, la misa mayor, el homenaje a los ancianos del Hospital de Beneficencia y la procesión. El lunes es el turno de los disparos de arcabuces y las embajadas. El martes empieza el novenario al Cristo, y siempre ha sido un día de descanso conocido como de l’Eixabegó.

Ahora mismo son veinticuatro comparsas las que organizan la fiesta y desfilan. El bando cristiano esta formado por Almogàvers, Asturs, Llauradors, Cides, Mariners, Bucaners, Estudíants, Gusmans, Arquers, Cruzados, Contrabandistes y Fontanos. El bando moro cuenta en sus filas con los Moros Espanyols, Saudites, Mudèjars, Mossàrabs, Taifes, Moros Berberiscos, Moros Marinos, Xanos, Omeies, Benimerins, Abencerraigs i Kàbiles. 

En estos desfiles se puede contemplar todo un espectáculo de luz, color y música. Cada comparsa luce un traje donde mezcla la imaginación con la tradición, con un promedio de un centenar de personas desfilando, aporta las bandas de música necesarias para el número de participantes. La música, genuina de estas fiestas, arranca sus sones con los alegres pasodobles cristianos o las majestuosas marchas moras y cristianas compuestas exclusivamente para las fiestas. Y todas las comparsas con niños y niñas, sus filas masculinas y sus grupos femeninos.

En definitiva, son una explosión de imaginación, de alegres notas musicales, de matices, colores y luz características del Mediterráneo, que congregan cada una a un millar de festeros y alrededor de un número igual de músicos, más carrozas, artilugios, teatro en la calle, ballets, representaciones, alegorías, vestidos lujosos y multicolores, serpentinas, confeti... Y siempre, trabucazos y más trabucazos. Ojalá toda la pólvora del mundo se gastara así: disparándose de manera lúdica y festiva. 

Fuente: opencomunicacion.com

Modificado por última vez en Martes, 22 Agosto 2017 22:37

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